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Momias egipcias
Para los egipcios, después de la muerte sobrevenía la vida eterna, una prolongación de la vida terrenal en la que los difuntos seguirían necesitando todas sus pertenencias e incluso su propio cuerpo. Con el fin de conservar éste en buen estado, nació la técnica de la momificación.
La momificación consiste en la conservación del cuerpo humano tras la muerte. Mediante esta técnica, se extraían las partes corruptibles del cuerpo y se cubría éste con sustancias secantes y, posteriormente, con resina. Más tarde, el cuerpo se envolvía en lino. Esta operación podía llevar hasta más de dos meses.
Una vez hecho esto, y especialmente cuando se trataba de faraones u otras personas relevantes, la momia era colocada en el interior de un sarcófago, que era pintado para simular la apariencia del ser que allí se albergaba. En su interior, podían leerse inscripciones de las que se creía que ayudarían al muerto a llegar a la otra vida. También solía acompañarse el cuerpo con un ejemplar del “Libro de los muertos”.
En 1922, se descubrió en el Valle de los Reyes la entrada a la tumba de Tutankamon, que albergaba en mayor tesoro egipcio encontrado hasta el momento. Allí también descansaba el sarcófago del faraón, con su cuerpo. Algunas de las momias egipcias más famosas se encuentran en diferentes museos, como el Museo Egipcio de El Cairo, pese a que este es un tema controvertido y se ha pedido que las momias regresen a sus tumbas y no sean expuestas en las condiciones actuales.





